Las Vegas, una ciudad con arquitectura sobreactuada

Texto: Arq. Omar Seijas/Fotografías: Arq. José Luis Colmenares

Para un arquitecto es un compromiso escribir un artículo acerca de Las Vegas. Y es que definitivamente hay un lado de nuestro cerebro que rechaza a esta ciudad, pero el otro la aprueba y le gusta. Por eso la palabra “contradicción” se perfila como una buena entrada. Es un problema de mala conciencia sobre todo, ya que en las escuelas de Arquitectura nos transmiten criterios de diseño que están muy lejos de referenciarnos con Las Vegas.

Pero la fascinación y la curiosidad me llevaron a visitarla, a pesar de que años atrás me encargue de descalificar las edificaciones de la ciudad del juego y del pecado ante los alumnos de Diseño a quienes enseñé en mis años de docencia. Durante esa época, los tinglados, las falsas fachadas y sobre todo la imitación eran palabras erradicadas del argot académico.

Más tarde descubrí un interesante libro que el afamado arquitecto norteamericano escribió junto a un grupo de estudiantes del Massachusetts Institute of Technology, denominado Aprendiendo de Las Vegas. Basado, como se aclara en el prólogo, en el simbolismo olvidado de la forma arquitectónica. Muchas referencias allí plasmadas, dejaron en mi persona la necesidad de visitar la ciudad de los signos y símbolos.

Los aspectos estéticos de Las Vegas definen claramente el gusto de una sociedad pluralista, poniéndose de manifiesto en la columna vertebral de la ciudad, la denominada ” Strip”, que no es otra cosa que una gran avenida casi ceremonial, que sirve de eje para organizar el conjunto de edificaciones emblemáticas que componen a este lugar.

La continuidad dentro del “strip” se da por la relación entre lo cívico y público de la calle y lo privado de los edificios y anuncios, pero se rompe con el descarado individualismo de las edificaciones. Lo que sí hay que reconocer como virtud incalculable, es la vitalidad del ornamento, viéndolo como un fenómeno de comunicación arquitectónica, sobre todo para los que observan desde el automóvil. La escala es de grandes dimensiones y casi me atrevo a decir que estos recursos comunicacionales nacieron en Las Vegas para luego ser referentes en Nueva York, Japón y otros.

Me llamó también mucho la atención la aparición de la imagen vernácula del gusto popular, completamente digerida y aceptada por los americanos. Lo que no se observa es la abstracción en la arquitectura, que es quizás uno de sus valores permanentes, que la unen al arte y a las formas. En Las Vegas el mensaje es tan directo que decreta -a mi juicio- la muerte de lo abstracto. Claro está, lo que sí se maneja muy bien es la semiología, cursi o seria, con obras sobreactuadas en su escenario con tramoya y bambalinas.

Los edificios temáticos (Hotel Luxor, Hotel Venetian, Hotel Caesars Palace y muchos otros) tienen una composición exterior que imita al Foro Romano y la pirámide de Keops, con un criterio de repertorio ajeno, a una escala ridícula pero atractiva. Enfrentarla es todo un reto para los arquitectos, no comprendiendo si el Van Gogh que se exhibe en el Museo Guggenheim es ficticio o no, o si Mel Gibson es real o de cera.

Aunque al final nos atraen a su interior a expertos y visitantes comunes. Ya dentro observamos que se maneja -en todos los hoteles- el mismo esquema de organización. El vestíbulo es el casino y la recepción del hotel es casi un elemento opcional; los restaurantes y servicios están en un segundo plano, pero todo, absolutamente todo, es área de jugadores.

Las salas de juego son siempre muy oscuras y los espacios que las conectan poseen cielos artificiales, muy bien logrados escenográficamente, pero nunca conectados con el exterior. Se desconcierta al visitante, que no se entera si es hora del desayuno o de la cena. La luz interior jamás cambia. Esto es bueno para el negocio, porque el jugador en la primera apuesta pierde la noción del tiempo.

Los límites del interior no se reconocen, son sombras al fondo y las referencias más cercanas son las máquinas tragamonedas. El uso de colores fuertes, de espejos y la penumbra logran ampliar y unificar el espacio, sin saber en definitiva dónde termina el límite físico del recinto.

Las posibilidades de luz natural no están negadas, pero sí lejos de las áreas de juego. Se ve sólo en las áreas comunes que están al aire libre, donde las piscinas y los jardines son alegóricos al tema específico. Se niega la presencia del automóvil y aparecen los animales exóticos como artificios de decoración. Por supuesto, las habitaciones dan hacia estos espacios de tipo oasis, dando lugar a las sombras para el submundo del juego, el sexo fácil y las bajas pasiones. 

Pero en ellas quizás no viven amas de casa sino coristas, curpiers y a veces dependientes de alguna gasolinera y -porque no también- gente común.

El análisis de Las Vegas es definitivamente complejo. Su arquitectura se reinventa a cada momento con extravagancia. Eso y el uso de disímiles medios publicitarios y órdenes yuxtapuestos, creando un caos provocado, es quizás lo que nos hace darnos cuenta de que la arquitectura del ocio se comporta así.

Se trata entonces de la arquitectura de la comunicación versus la del espacio, que los arquitectos defendemos a ultranza. El rótulo es más importante que el edificio, el cual a su vez es un anuncio publicitario, sin ellos no tenemos ciudad y eso sería grave en el hogar de los íconos y mensajes.

Como todo el tema manejado es prestado, me tomo la libertad de colocar un párrafo del libro, que antes mencioné ” Aprendiendo de Las Vegas”:

“El Strip pone en relieve el valor del simbolismo y la alusión en una arquitectura de espacios extensos y grandes velocidades y prueba que la gente, arquitectos incluidos, se lo pasa bien con una arquitectura que le recuerda alguna otra cosa, quizás un harén o el salvaje oeste. La alusión y el comentario, al pasado, al presente, a nuestros grandes lugares comunes o nuestros viejos clichés, y la inclusión de lo cotidiano en el entorno, sagrado y profano, es justamente lo que le falta a la arquitectura moderna de hoy. Podemos aprender de Las Vegas como otros artistas han aprendido de sus propias fuentes profanas y estilísticas”.